Indemnización por Años de Servicio v/s Seguro de Cesantía

Claudio Palavecino 15 Oct 201015/10/10 a las 00:28 hrs.2010-10-15 00:28:15

*Intervención en el Primer Congreso Estudiantil de Derecho y Economía (viernes 8 de octubre de 2010)

Ya sé que casi todos los ponentes o panelistas en este Congreso han dado sus felicitaciones a sus organizadores. Aun a riesgo de ser reiterativo y, encima, consumir algunos segundos de mis siete minutos yo quiero insistir de todos modos en esas felicitaciones. Especialmente por la feliz idea de abordar las vinculaciones entre el derecho y la economía y abandonar, aunque sea por un momento, el estudio de estas disciplinas como compartimentos estancos.
No niego que la parcelación de la realidad que efectúan las ciencias es útil y acaso indispensable metodológicamente, pues nuestra percepción del mundo es, por desgracia, limitada, nunca tenemos la visión completa, el ojo de Dios, el panóptico, de manera que para abordar su conocimiento hay que delimitar objetos de conocimiento, acotarlos, pero sin olvidarse que ese parcelamiento es un ejercicio convencional y probablemente arbitrario. Cada disciplina desgarra el mundo para poder abarcar y asir, al menos, un pedacito del mismo. Pero, insisto, nunca debería perderse la consciencia de esta operación intelectual.
Uno de los grandes errores que siempre reprocho a mis colegas juslaboralistas es que conciben el Derecho del trabajo como un sistema cerrado y autosuficiente, como una realidad autónoma, inconexa y, entonces, las fórmulas, las explicaciones y construcciones teóricas que plantean están totalmente desconectadas con los otros sistemas concurrentes tales como la empresa, la economía del país, la economía mundial, las demás ramas de Derecho, etc. No les interesa nada más que el Derecho del trabajo ¡Que viva el Derecho del trabajo y que el mundo perezca! Y esto es un error. Un error gravísimo porque los delirios de los laboralistas muchas veces cuajan en leyes.
El Derecho del Trabajo está entrañablemente ligado a la Economía porque se ocupa precisamente de una porción del fenómeno económico, se ocupa de las relaciones entre capital y trabajo, de las relaciones que, con ocasión de la producción de bienes y servicios, se traban entre el poseedor del capital y el poseedor de la fuerza de trabajo. El Derecho del Trabajo se ocupa de las relaciones que se traban entre el empresario y el trabajador. Son relaciones de cooperación, puesto que actuando coordinadamente producen bienes y servicios, pero también estas relaciones dan lugar a conflictos. Hay un conflicto basal en estas relaciones porque la fuerza laboral es, al fin y al cabo, un costo más para la empresa y todo empresario que quiera sobrevivir y medrar como tal debe mantener un férreo control sobre sus costos.
A su vez todo trabajador aspira naturalmente a incrementar sus ingresos. Vivimos en una sociedad de consumo y, no nos engañemos, nuestra capacidad como consumidores determina en buena parte nuestra posición en la pirámide social, nuestra consideración social e incluso nuestra propia autoestima. Y para la mayoría de los mortales la capacidad de consumo viene determinada por el monto de sus salarios, de sus remuneraciones como trabajadores dependientes.
Es por eso que la pérdida del trabajo en muchos casos es una catástrofe en la biografía de cualquier persona. Se comprende entonces que el término del contrato de trabajo sea un tema especialmente sensible para el Derecho del trabajo tradicional y que este promueva como uno de sus principios fundamentales la estabilidad en el empleo. El Derecho del trabajo tradicional apuesta por mantener al trabajador en su empleo y consecuente con este objetivo rigidiza la posibilidad de salida del contrato de trabajo. Una vez que el trabajador entró a la empresa, el Derecho del trabajo cierra la puerta o, todo lo más, deja apenas un portillo. Con tal fin se inventa un régimen causado de terminación; nulidades de despidos; indemnizaciones de la más diversa índole y recargos, multas y toda una maquinaria infernal de control administrativo y judicial del despido. Lo que se querría es que el trabajador que consiguió un empleo no lo soltara más.
Pero miremos ahora el fenómeno desde la perspectiva de la empresa. Y aquí voy a repetir algo que le escuché hace unos meses en Concepción al profesor Dr. Eduardo Caamaño, del cual, como sabrán, me separa un océano ideológico, lo cual, sin embargo, no me ciega para reconocer que, esta vez, tuvo un destello de formidable lucidez. Caamaño dijo: “grábense bien esto: las empresas no dan trabajo; las empresas necesitan trabajo”.
Lo cual es totalmente cierto, al menos a corto y mediano plazo (pues no sabemos si se cumplirán en el futuro los vaticinios sobre el fin del trabajo de pitonisos como Rifkin o Ulrich Beck o incluso de alguien harto más serio que los dos anteriores como Jürgen Habermas quien en El discurso filosófico de la modernidad vislumbra el fin de la sociedad basada en trabajo). Pero si admitimos que las empresas necesitan trabajo, vale decir, que no dan trabajo graciosamente como el magnate que arroja monedas al mendigo, entonces, hay que aceptar también la consecuencia que se deriva de esa afirmación. Si las empresas necesitan trabajo quiere decir, entonces, que las empresas tienen sumo interés en retener a sus trabajadores y que en circunstancias ordinarias no se deshacen de ellos por mero capricho o para satisfacer una sádica maldad.
¿Cuándo se toma la decisión de despedir a un trabajador? Básicamente yo diría que los motivos son dos, o se trata de velar por la supervivencia de la empresa frente a circunstancias adversas que obligan racionalizar los recursos, incluido el recurso humano o bien es que el trabajador es inepto, que no sirve.
Frente a esto el Derecho del trabajo es ciego y sordo y loco. En efecto, la legislación laboral trata por todos los medios que el empresario mantenga al trabajador en su puesto; que se suicide. Y para ello pone en marcha toda esa maquinaria infernal que ya hemos mencionado. Se busca encarecer el despido, incrementar los costos de reemplazo del trabajador. Y entonces el empresario que necesita de todos modos reducir personal (porque obviamente no se va suicidar) ya no decidirá en función de la productividad del trabajador, sino de su mayor o menor antigüedad y, como al final, la racionalidad económica siempre termina imponiéndose, el Derecho laboral provocará precisamente el efecto que quería impedir: la rotación de trabajadores para evitar que cumplan la antigüedad que genera indemnización. El resultado está a la vista, en Chile las indemnizaciones por término de contrato las terminan percibiendo cuatro gatos. De acuerdo a los estudios, sólo un 6,44% de las personas que son despedidos, cumplen las condiciones que les permiten acceder a indemnización. Es decir, cerca de 94% de las personas que trabajan, al ser despedidos, no tiene derecho a ellas. Y menos de 20% de los trabajadores que tienen derecho a indemnización por años de servicio logran cobrar al menos una parte de su crédito. Este 20% que cobra es equivalente a un 1,25% del total de las personas que pierden el empleo, que tenían contrato indefinido y que trabajan un año o más en la misma empresa.
Ahora, ustedes me dirán, puede ser cierto lo que dice profesor, pero ud. mismo acaba de afirmar que perder el trabajo es una catástrofe en la biografía de cualquier persona, y así es, efectivamente, en cuanto el cesante queda temporalmente privado de sustento, y probablemente también su grupo familiar quede en la misma precaria situación. Evidentemente que desde esa visión solidaria de la sociedad que tanto les entusiasma a los jóvenes y en general a la gente romántica, la sociedad tiene un problema, a saber, cómo reemplazar el salario del trabajador durante el lapso que tarda en volver a emplearse, de manera que ni él ni su familia caigan en la indigencia. Y en ese contexto, si uds. me colocan en la disyuntiva entre seguro de cesantía versus indemnizaciones, evidentemente me quedo con el primero. Y si me apuran, yo defendería seguro de cesantía y libre despido, desactivar de una vez por toda esa maquinaria inquisitorial frente al despido. Ese sería mi mundo ideal. Pero no me ilusiono, de una parte porque no existe auténtica voluntad ni respaldo político para una reforma en tal sentido y, por otra, porque el laboralismo tradicional que tanto les gusta a ustedes se resiste visceralmente a cambiar su lógica antiliberal e intervencionista, la lógica de la estabilidad en el empleo por la de la empleabilidad.
Nunca van a entender que la mejor protección para los trabajadores no proviene de la ley laboral sino del pleno empleo. Si quieren mejorar los estándares de vida de nuestros trabajadores tendrán que abogar no por más, sino por menos Derecho del trabajo. Muchas gracias.
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Última Modificación 15 Oct 201015/10/10 a las 00:28 hrs.2010-10-15 00:28:15
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Comentarios
  • Inés Álvarez

    17 Nov 201017/11/10 a las 22:36 hrs.2010-11-17 22:36:17

    Profesor
    Tuve la oportunidad de escuchar su intervención en el Congreso, la verdad que no tengo mayores comentarios al respecto, pero sí hay uno que me viene a la mente con ocasión del tema del salario ético. La responsabilidad social de la empresa, deja a una cierta parte de la sociedad con la apariencia de que realmente debe haber un sentido social en el interior de la empresa de forma de "retribuir" las ganancias y que en definitiva el empresario no solo desee maximizar sus utilidades.
    A lo anterior cabe agregar, que la responsabilidad social no es tal, por el contrario a mi modesto parecer creo que no se enmarcar en un criterio altruista –aunque puede tenerlo pero sería una hipótesis residual-, hay aquí el interés de incorporar un valor agregado, mayor competitividad en relación a otras empresas del rubro y en variadas ocasiones, obtener beneficios tributarios derivados de políticas públicas específicas del gobierno, destinadas como es el caso de Chile a fomentar determinadas áreas del desarrollo nacional, por ejemplo la cultura y las artes mediante la Ley N°18.985 de Donaciones Culturales. Lo anterior, es del todo legítimo y favorece el fin último del empresario de maximizar las utilidades sea a nivel de organización de las funciones productivas, o por los beneficios-mecanismos que el ordenamiento entrega

    Ahora, si dichos beneficios resultan para el Estado más beneficiosos que un subsidio directo es una hipótesis posible de sostener, más aún habría un traslado del deber de fomentar ciertas áreas por parte del Estado al particular a cambio de beneficios específicos

  • Cristián Pablo Ramírez Soto

    18 Oct 201018/10/10 a las 10:20 hrs.2010-10-18 10:20:18

    Francisco:
    No veo como el "tercer motivo" que planteas no se subsume en el "principio de supervivencia" planteado por el profesor. Sin ánimos de extenderme a temas de economía empresarial, no debemos enternder esta supervivencia como factor relevante para la toma de decisiones sólo en tiempos de crisis. La opción de modernizar los procesos productivos, a mi entender -y desde la lógica empresarial, claro está- corresponde a la necesidad o bien de actualizarse a los márgenes de rentanbilidad a ls de la competencia, o bien de innovar con tal de establecer una ventaja comparativa que permita acumular ganancias en el mediano plazo. Ambas posibilidades buscan, a menor o mayor plazo, la superviviencia de la empresa en un medio que se rige por la supervivencia del más fuerte. También me parece importante recalcar que la modernización de los procesos productivos que deviene en despido de trabajadores (esto es, el aumento del factor capital por sobre el factor trabajo en el proceso productivo) sólo se justifica para la empresa en la medida que resulte más barato en el tiempo analizado. Si a una empresa le resulta más barato utilizar trabajo humano que trabajo mecanizado, no tiene fundamentos económico para realizar el cambio. El despido que nace de la innovación tecnológica sólo se concretiza en la medida que el ente empresarial (ya sea el empresario, el directorio, o alguna gerencia con las competencias para realizar tal cambio) llega al convencimiento que, de alguna forma, es más conveniente utilizar a la máquina por sobre el hombre.
    En un punto aparte, no puedo sino concordar contigo en que el problema de los trabajadores desplazados de sus puestos de trabajo por la creciente industrialización debe solucionarse desde el Estado, como comunidad organizada. Este tipo de problemas toca puntos que no pueden abarcarse desde la pura lógica empresarial.

  • Francisco Javier Zamora Estay

    18 Oct 201018/10/10 a las 06:08 hrs.2010-10-18 06:08:18

    Estimado profesor:
    Me permito realizar solamente una crítica respecto de su ponencia:
    "¿Cuándo se toma la decisión de despedir a un trabajador? Básicamente yo diría que los motivos son dos, o se trata de velar por la supervivencia de la empresa frente a circunstancias adversas que obligan racionalizar los recursos, incluido el recurso humano o bien es que el trabajador es inepto, que no sirve. "

    Hoy en día, sobre todo en un país "en vías de desarrollo" como el nuestro, tiende a existir un tercer motivo: la tecnología e industrialización de productos y servicios. No podemos negar que este fenómeno genera ( o generará, de acuerdo a las finalidades que se propone la economía nacional) una movilidad de trabajadores importante.
    En este caso nos encontramos frente a un dilema: si bien la idea de industrialización deberá tener como consecuencia la redistribución del factor trabajo (se trabajará con menos trabajadores por empresa, pero debería existir un crecimiento de las mismas, permitiendo que exista la misma cantidad de trabajadores en el mercado), el "perfil" de trabajador en una empresa industrializada es distinto del trabajador que es despedido primitivamente (el "nuevo" trabajador contratado debe tener una serie de conocimientos técnicos, distintos de los que tenía ese trabajador "antiguo"). Por lo mismo, es muy posible que la situación de dichos trabajadores se transforme en una de recambio constante (aprovechando a los jóvenes, preparados de mejor manera en cuanto a conocimiento a diferencia de los trabajadores más antiguos).Así, a mi entender, en este caso debemos ver si se privilegia a la empresa para que pueda organizarse de la forma más productiva; o bien, privilegiar la estabilidad del empleo respecto de trabajadores que no podrán "seguir con el ritmo del desarrollo".
    Es por esto que el Estado, como garante del bienestar común de los ciudadanos, si implementa una política que permita el libre despido de los trabajadores debería también incentivar a las empresas a invertir en los mismos para asegurar que esta movilidad no signifique solamente un beneficio para el desarrollo empresarial, sino también asegure que los mismos empleados puedan volver a trabajar en otra empresa.

  • Claudio Palavecino

    17 Oct 201017/10/10 a las 23:54 hrs.2010-10-17 23:54:17

    Mi estimado Jorge, no se le puede pedir peras al olmo. La empresa se rige por principios económicos y no por la ley del amor. El valor del salario lo determina la utilidad marginal y no las necesidades del asalariado. Pero fíjese en una cosa, respetando esa lógica que a usted y a muchos puede parecerle egoísta y desalmada se consigue mucho más en términos de mejora en las condiciones de vida de la población que imponiendo a las empresas la ley del amor. Ahí tiene a Cuba como ejemplo. Ahí puede encontrar muy pocas diferencias entre el salario de un catedrático universitario y la señora del aseo: una excelente distribución de la miseria...
    ¿Cuánto vale mi aporte a la Universidad de Chile? Para que vea usted que es una cuestión extremadamente subjetiva, le cuento que, probablemente sin considerar ninguna de las cualidades que gentilmente me atribuye, la universidad me paga casi el doble de lo que usted considera óptimo ¡y yo sigo pensando que es poco! Pero sabe qué, vendría aunque no me pagaran nada. Porque aquí la retribución es de otra especie. Su intervención, por ejemplo, para mí vale más que un mes de sueldo.
    Finalmente, no quiero que me vea como una especie de "violador intelectual". La experiencia me demuestra que las convicciones personales se fundan no tanto en el juicio meditado como en lo emotivo y lo biográfico y por tanto la posibilidad de convencer a través de razones es muy limitada. Mi labor pedagógica no está por tanto orientada a convencerlode lo que no quiere convencerse sino a provocarlo. No me vea como un predicador, sino como un provocador. ¿Sabe por qué me gusta tanto hacer clases en la Universidad de Chile? Por qué aquí no vengo a monologar sino a dialogar con mis alumnos. Dialogar con gente inteligente es uno de los grandes placeres de la vida. Y si a veces digo cosas que pueden parecer atroces, es simplemente para provocar a mis alumnos, para leerlos y escucharlos y contrastar mis ideas y, por qué no, para ver si me convencen (ustedes a mí) de que estoy equivocado.

  • Ignacio C. Díaz

    15 Oct 201015/10/10 a las 16:39 hrs.2010-10-15 16:39:15

    Me gustaría referir otra consecuencia al hecho de que las empresas necesitan trabajo, y que se refleja en una frase muy famosa: "al que quiere celeste, que le cueste". Refiero a que si es tanta la necesidad de trabajadores, pues que se les pague y trate como corresponde, que al individuo que barre el suelo se le pague todo el esfuerzo que hace cada día, lo mismo a la secretaria que pone su linda sonrisa y recibe a cada persona que llega a la oficina; para esto, es necesario que el empleador comprenda el verdadero valor que significa un trabajador, un trabajador con nombre y apellido, y que es persona, y tiene cualidades únicas, por ejemplo, ¿cuál es el real aporte de Claudio Palavecino en la Universidad de Chile?. Si yo fuera su empleador diría: "él es un profesor muy dedicado a sus alumnos, usa la plataforma U-Cursos, es muy claro al momento de dictar sus clases, es muy gentil cuando uno va asu oficina, es cortés, es un profesor reconocido, motiva a sus alumnos, permitie participar a lo alumnos en sus clases, como pocos lo hacen, es un doctrinario (escribe artículos varios), prepara pruebas digitales a Nataly Rodríguez, llega temprano a clases, es gracioso y es culto; en cuanto a las críticas negativas que podríamos hacer son que podría mostrarnos bilbiografía que aborrezca el neoliberalismo, junto a la que explica la superficialidad del odio por él (que sí nos envió), en definitiva, tratar de mostrar las dos caras de la moneda, en lugar de intentar convecernos cada clase acerca de su postura, que en las pruebas se ofusca con facilidad, y eso da "lata". Le pagaría $750.000 mensualmente (sin considerar que estamos en la Universidad de Chile. Y a la persona que hace el aseo le pagaría 400.000, porque siempre que llego a las salas están limpias, y el profesor no podría hacer la clase sin una sala limpia. Y cabe preguntarse, ¿limpiar merece un trato distinto a enseñar? Reflexionemos en torno a eso. Saludos a todos, que Dios les bendiga....