bifurcaciones 001 - articulo teora - Adrin Gorelik, "imaginarios urbanos e imaginacion urbana"
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      Nm.3, Entrevista a Horacio Capel, "La ciudad es el mejor invento humano" 
      Nm. 6, Artculo / Marta Rizo, "Conceptos para pensar lo urbano"
      Nm. 5, Artculo / Martn Hoppenhayn, "Euforia modernizadora y calidad de 
      vida" 
         
         
        Imaginarios urbanos e imaginacin urbana. Para un recorrido por los 
        lugares comunes de los estudios culturales urbanos*
        Adrin Gorelik**

        Resumen
        Este artculo surge de un malestar sobre el derrotero de los 
        imaginarios urbanos como modo de aproximacin a la comprensin de la 
        ciudad. Puede advertirse un agotamiento de las principales promesas con 
        que los estudios culturales se volcaron al tema urbano, lo que supone la 
        necesidad de una discusin que, en este caso, debe tomarse en primer 
        lugar como un ejercicio introspectivo. El malestar se podra enunciar en 
        una frmula: nunca se habl tanto de imaginarios urbanos al mismo tiempo 
        que el horizonte de la imaginacin urbana nunca estuvo tan clausurado en 
        su capacidad proyectiva.  
        Palabras clave: estudios culturales urbanos, modernidad, Amrica Latina. 
         
        Abstract
        This article arises from the uneasiness caused by the routes of the 
        urban imaginaries as an approach to the understanding of the city. It 
        is possible to observe an exhaustion of the main promises conveyed by 
        cultural studies that devoted themselves to the urban theme, and that 
        implies the need for a discussion, which, in this case, should be taken 
        first as an introspective exercise. The uneasiness could be enunciated 
        in the following formula: never were urban imaginaries so widely 
        discussed, while at the same time, the horizon of the urban imagination 
        never was so blocked off in its projecting capacity.
        Key words: urban cultural studies, modernism, Latin America 
         
        Razones de un malestar
        Este artculo surge de un malestar sobre el derrotero de los 
        imaginarios urbanos como modo de aproximacin a la comprensin de la 
        ciudad. Puede advertirse un agotamiento de las principales promesas con 
        que los estudios culturales se volcaron al tema urbano, lo que supone la 
        necesidad de una discusin que, en este caso, debe tomarse en primer 
        lugar como un ejercicio introspectivo. 
        El malestar se podra enunciar en una frmula: nunca se habl tanto de 
        imaginarios urbanos al mismo tiempo que el horizonte de la imaginacin 
        urbana nunca estuvo tan clausurado en su capacidad proyectiva. As 
        planteado, resulta un malestar fcilmente impugnable, ya que la frmula 
        pone en contacto dos dimensiones de calidades diferentes: los 
        imaginarios urbanos como reflexin cultural (por lo general, acadmica) 
        sobre las ms diversas maneras en que las sociedades se representan a s 
        mismas en las ciudades y construyen sus modos de comunicacin y sus 
        cdigos de comprensin de la vida urbana, y la imaginacin urbana como 
        dimensin de la reflexin poltico-tcnica (por lo general, concentrada 
        en un manojo de profesiones: arquitectura, urbanstica, planificacin) 
        acerca de cmo la ciudad debe ser. Pero no es un mero juego de palabras, 
        la colisin ingeniosa entre el carcter polismico de la nocin de 
        imaginario urbano y la ms restringida acepcin de imaginacin 
        urbana como horizonte proyectual; ni quiere ser la crtica de una 
        prctica intelectual por su contraste con una coyuntura urbana de la que 
        no es ni mnimamente responsable. Esta puesta en contacto, y el malestar 
        que de ella resulta, pueden justificarse al menos por dos razones.
        La primera razn es la constatacin de que un tipo de estudios 
        socio-semiticos sobre identidades urbanas, cuyos temas de investigacin 
        pueden ser, por ejemplo, los colores o los olores con que la gente 
        identifica a sus ciudades, los modos en que circulan los rumores o los 
        sentidos mltiples de los graffiti populares, est siendo crecientemente 
        requerido por gobiernos municipales como instrumento tcnico para sus 
        polticas. No se trata de criticar la realizacin de esos estudios en 
        s, algunos de los cuales ofrecen valiosos aportes al conocimiento de 
        nuestras sociedades, sino de sealar la novedad de que en algunos casos 
        estn comenzando a ocupar en las polticas municipales el lugar que las 
        encuestas de opinin ocupan en la poltica tout court: el lugar de 
        reemplazo de la imaginacin poltica por ese nuevo dolo, las opiniones 
        (o los deseos) de la gente, estadsticamente relevados. De hecho, en 
        la comprensin del desplazamiento de esta lgica hacia el mbito urbano 
        no parece secundario el prestigio actual de la comunicacin como 
        instrumento poltico para develar (y manipular) el arcano social, en 
        momentos en que se han desvanecido los lmites entre marketing y 
        poltica, y en que la nocin de marketing urbano gana adeptos como nica 
        alternativa de poltica urbana en tiempos de globalizacin.
        Pero, en el mbito especfico de lo urbano, estos estudios de 
        comunicacin sobre los imaginarios urbanos parecen capaces de ofrecer un 
        plus an ms fascinante para la poltica actual: develar la cuestin de 
        la identidad. Gracias a los instrumentos que han tomado de la sociologa 
        cuantitativa, estudios motivados inicialmente en preocupaciones 
        culturales o antropolgicas parecen proveer una satisfaccin cientfica, 
        objetiva, a la interrogacin por la identidad. Y esto tambin revierte 
        sobre el propio trabajo acadmico, ya que esta modalidad de 
        investigacin ha logrado reunir, sin conflicto aparente, lo esencial de 
        los mtodos que le haban permitido a las ciencias sociales ganar su 
        lugar como ciencias, junto a una serie de cuestiones que surgieron del 
        derrumbre categrico de aquella presuncin de cientificidad (Silva, 
        1992). As, en una zona de la investigacin social latinoamericana se ha 
        rejuvenecido la idea tpica de los aos sesenta de que slo se puede 
        acceder a un adecuado conocimiento de la sociedad urbana a travs de 
        equipos masivos interdisciplinarios que, a la manera de los discpulos 
        de Linneo, van por las ciudades del continente recogiendo datos para 
        comparar sobre una base comn, aunque esta vez no se trata de los 
        rganos sexuales de las diferentes familias de plantas (ni, a la manera 
        planificadora, del tamao de los baos y cocinas o la cantidad de 
        habitantes por cuarto), sino de las preferencias de vestuario de las 
        diferentes tribus urbanas.

              Magritte, "This is not a pipe, either "

        La segunda razn para plantear como problema la relacin entre los 
        anlisis culturales de los imaginarios urbanos y la imaginacin urbana 
        proyectual es que ha sido una relacin clsica, de gran productividad en 
        la tradicin intelectual latinoamericana, a partir de la cual se pueden 
        tender ciertos hilos de comprensin de nuestra cultura urbana. En pocas 
        partes como en Latinoamrica, seguramente por su fulminante proceso de 
        modernizacin entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, se ha 
        visto ms realizada la premisa que sostiene que la ciudad y sus 
        representaciones se producen mutuamente. El largo proceso que en las 
        ciudades europeas fue produciendo la lenta maceracin e interpenetracin 
        entre los diversos planos de esa produccin mutua las figuraciones 
        artsticas y literarias, la produccin de simbolizaciones culturales, 
        las prefiguraciones intelectuales y la construccin y reconstruccin 
        material de la ciudad-, componiendo complejas capas de sentido que le 
        dieron su densidad a esa relacin circular, en Latinoamrica suele ser 
        un estallido que la realiza como un contacto fulgurante. 
        Ese contacto encontr siempre forma en programas urbano-territoriales 
        que se definan al mismo tiempo como interpretacin y como proyecto, 
        aunque se pueden reconocer tradiciones confrontadas para la misma 
        ambicin. Hay una tradicin para la cual la realidad territorial y 
        urbana es maleable a las ideas en este vaco sudamericano que la 
        naturaleza y la historia habran brindado como ofrenda a la voluntad 
        fustica de la modernizacin occidental; se trata de una lnea 
        persistente que conecta la mstica constructiva de mediados del siglo 
        XIX con la del desarrollismo un siglo despus, como demuestra la ciudad 
        producto por excelencia de una representacin cultural de la modernidad 
        latinoamericana: Brasilia. La representacin de modernidad crea realidad 
        urbana y ella refuerza la representacin de un ideal de nacin: as 
        podra decirse que funcion la relacin entre ciudad y representacin en 
        esta tradicin cultural. Pero, como se sabe, esa tradicin gener su 
        contraparte crtica, encargada de mostrar aquel crculo virtuoso bajo 
        una luz a veces trgica y a veces pardica; esta otra tradicin invirti 
        la carga de la prueba, interpretando el poder de las representaciones 
        como ilusin o como falacia, como representaciones del poder. De ella 
        puede encontrarse una versin moderada, la de quienes notaron la 
        simplificacin excesiva que haba existido en la propia idea de vaco, 
        reparando en todas las preexistencias que hacan de obstculo a la 
        voluntad modernizadora, y una versin ms radical, la de quienes 
        elevaron aquellas preexistencias y obstculos como nueva verdad 
        brbara contra la imposicin civilizatoria. Pero incluso en estos 
        casos, en los que se prefera entender el proceso de modernizacin bajo 
        una oposicin de nuevo signo, cultura/civilizacin, la imaginacin 
        urbana sigui formando parte sustancial de los imaginarios urbanos: 
        poda cambiar el sentido del cambio y del rol de la ciudad en l, pero 
        el seguimiento atento a los efectos culturales de la urbanizacin 
        presupona un horizonte proyectual en el que aquella pudiera ser 
        transformada.
        Estas diferentes tradiciones encuentran un punto de realizacin en 
        nuestros tres primeros analistas culturales urbanos, Romero, Morse y 
        Rama, a quienes quise dedicar estas notas como modo de reconocimiento de 
        su tarea fundadora de un campo de problemas, pero tambin como modo de 
        recordar que en esa primera definicin de cultura urbana que dieron, 
        imaginario e imaginacin todava formaban parte del mismo desafo 
        intelectual y poltico. Es un punto de realizacin en dos sentidos, de 
        llegada y consumacin, en la peculiar coyuntura de transicin poltica y 
        cultural que resultaron los aos setenta. As que, curiosamente, la 
        primera definicin de un posible campo de estudios culturales urbanos 
        latinoamericanos naci en el mismo momento en que varias de las 
        concepciones que lo haban hecho posible estaban comenzando a 
        desvanecerse. Y as podra explicarse una de las dificultades que 
        encontramos a la hora de situar en un lugar principal de nuestra 
        reflexin actual sobre cultura urbana a esos tres fundadores: estn muy 
        prximos y, simultneamente, son como mensajeros de otro tiempo, con 
        cuyas claves crearon el propio suelo disciplinar en el que nos apoyamos, 
        pero que tan arduo resulta descifrar en este nuevo contexto 
        histrico-cultural. Un contexto en que nuestras nociones ya forman parte 
        de una nueva cultura acadmica, desgajada en parte del manojo de temas y 
        problemas que haban venido definiendo los marcos de la reflexin 
        poltica e intelectual latinoamericana, y nuestras ciudades han entrado 
        en procesos de transformacin para cuya comprensin crtica, sin 
        embargo, las agendas que esta nueva cultura acadmica propone se revelan 
        impotentes.
        Tanto Romero como Rama y Morse, desde posiciones extremadamente 
        diferentes, pusieron en el centro de su trabajo sobre la cultura urbana 
        el rol de los intelectuales y los artistas en la conformacin de las 
        matrices de comprensin y de transformacin social y, a la vez, ellos 
        mismos escribieron como parte de una tensin proyectual hacia un 
        programa intelectual para las ciudades y sus sociedades (Romero, 1976; 
        Morse, 1985; Rama, 1985). Esa tensin es lo que se perdi en buena parte 
        de los actuales estudios culturales urbanos, al mismo tiempo que, 
        paradjicamente, parece haber explotado la voluntad culturalista que 
        albergaba aquel programa como modo de comprensin del fenmeno urbano. 
        En efecto, si en su combate contra las lecturas tecnocrticas de los 
        planificadores urbanos (en cuya compaa se origin su temprano inters 
        por la ciudad), Morse propona revulsivamente un cambio de foco de las 
        estadsticas a la literatura, ms de veinte aos despus, en cambio, 
        asistimos a una inflacin simblica en las interpretaciones sobre la 
        ciudad y la sociedad, promovida simultneamente por la crisis de los 
        paradigmas cientficos contra los que Morse se rebelaba y por el 
        predominio en los estudios culturales de paradigmas provenientes de la 
        crtica literaria; una crtica que encontr en la ciudad nuevas claves 
        para pensar la modernidad, pero que en poco tiempo ha contribuido con la 
        vulgarizacin de una serie de motivos que amenazan dejar la cultura 
        urbana sin referente, convertida la ciudad en mera excusa para un 
        torrente de metforas en abismo, que no informan sino sobre s mismas. 
        En este sentido podra pensarse la actual presencia insoslayable de La 
        ciudad letrada de Rama en el auge de los estudios urbanos, no tanto como 
        excepcin, sino como parte de un reciclaje que ha arrancado su posicin 
        antimoderna de aquel denso suelo setentista, para recolocarla 
        exclusivamente en lnea con sus claves post-estructuralistas, de acuerdo 
        a los enfoques que dominan en los estudios literarios latinoamericanos 
        de la academia norteamericana: una mezcla de post-modernismo, arcasmo 
        sociolgico y deconstruccionismo que ha generado un modo de pensar la 
        ciudad de finales del siglo XX simultneamente como resto de una 
        modernidad pintoresca y bastin de una modernidad opresora.
        El malestar se resume, entonces, en dos cuestiones: la funcionalidad 
        operativa de ciertos estudios de comunicacin y la vulgarizacin en los 
        estudios culturales de ciertos tpicos de la crtica literaria. Sera 
        posible identificar algunos de los puntos de contacto con la actual 
        molicie proyectual en la circulacin de un conjunto de tpicos desde los 
        anlisis culturales a los diagnsticos urbansticos; circulacin que va 
        cristalizando en lugares comunes, encrucijadas de sentido para el 
        actual clima de ideas. No se trata de dar la imagen autoconsolatoria de 
        un universo disparatado que se observa pardicamente desde afuera, sino 
        de indagar en los orgenes y los roles conflictivos de un conjunto de 
        figuras y conceptos que hoy comparten diversas corrientes 
        (disciplinarias o ideolgicas), y que de tan generalizados y habituales 
        amenazan naturalizarse.
        De hecho, el tipo de contacto que busco dejar en evidencia no supone 
        alguna clase de complicidad de los estudios culturales con los 
        argumentos de la urbanstica contempornea, sino un efecto de 
        reverberacin de poca entre ambas dimensiones, con la posibilidad de 
        que se vuelva perverso ante la mayoritaria indiferencia (o 
        desconocimiento) a la que propenden los nuevos marcos interpretativos. 
        Arantes ha mostrado otro tipo de complementacin, la que se viene 
        produciendo entre urbanistas en general, de procedencia progresista y 
        empresarios que han encontrado en las ciudades un nuevo campo de 
        acumulacin: los primeros se han dedicado, aparentemente por un mandato 
        de poca, a proyectar en trminos gerenciales provocativamente 
        explcitos; los segundos no hacen ms que celebrar los valores 
        culturales de la ciudad, enalteciendo el pulsar de cada calle, plaza o 
        fragmento urbano, por lo que terminan todos hablando la misma jerga 
        de autenticidad urbana que se podra denominar culturalismo de mercado 
        (Arantes, 2000). Esta armoniosa pareja estratgica define muy bien los 
        actuales tiempos del pensamiento urbano y la gestin de la ciudad. Lo 
        que busca este artculo es anexarle un tercer actor, los estudios 
        culturales urbanos, para dejar sealadas en todo caso algunas de las 
        aporas en que hoy han quedado colocados y, dentro de ellos, nos guste o 
        no, todos quienes los practicamos.
        Cartografas urbanas
        Dentro del universo conceptual enormemente vasto en el cual orbitan los 
        estudios culturales urbanos, propongo detenernos en la metfora 
        cartogrfica, ya que podramos verla como tronco de un ramillete de 
        figuras de gran diseminacin contempornea en el anlisis urbano, como 
        itinerarios, recorridos, relatos espaciales, espacio narrativo, 
        mapas cognitivos, territorialidades, fronteras; aunque algunas 
        provienen de disciplinas de larga tradicin, como las dos ltimas, de 
        uso normal en la geografia o la antropologa, puede afirmarse que su uso 
        actual en los estudios culturales urbanos est tambin marcado por lo 
        que aqu llamo la metfora cartogrfica. En realidad, no es fcil 
        precisar cul est en la base de todas ellas, pero repasando algunos 
        textos inaugurales de los estudios culturales urbanos llama la atencin, 
        en dos de los ms influyentes, el uso de una muy similar metfora 
        cartogrfica a partir de la cual, sin embargo, y esto es lo ms 
        interesante, llegan a posiciones completamente antagnicas, de modo que 
        su anlisis tal vez permita anclar el escenario fluctuante de aquella 
        diseminacin. Los textos son La invencin de lo cotidiano de Michel de 
        Certau de 1980 (1996), y El posmodernismo como lgica cultural del 
        capitalismo tardo de Fredric Jameson de 1984 (1991), y creo que la 
        mayor parte de la cultura urbana actual pendula entre estos dos polos.

              Orbis Terrae Compendiosa Descriptio, 1569De Certeau fotografiado 
              por Luce Giard

        A travs de la historia de la cartografa, De Certeau contrapona el 
        discurso cientfico moderno a la representacin simblica del mundo 
        medieval, buscando recuperarla en los relatos espontneos del uso de la 
        ciudad: las prcticas de espacio. La autonoma que gan el mapa entre 
        los siglos XV y XVIII supuso el progresivo borramiento de los 
        itinerarios, graficados en los primeros mapas medievales por los 
        trazos rectilneos de los recorridos, como indicaciones performativas 
        que refieren a peregrinajes, etapas, tiempos, y, luego, en los mapas 
        llamados portulanos, como marcas empricas producidas por la observacin 
        de los navegantes. Sobre ellos se impuso el plano moderno, como triunfo 
        de la geometra abstracta del discurso cientfico frente al sistema 
        narrativo de la experiencia del viaje. Es el triunfo de la visin 
        objetivante de la realidad que inaugura la representacin perspectvica, 
        en tanto comprensin moderna de un espacio-tiempo homogneo y 
        matemtico. Para De Certeau, en una crtica que mezclaba espritu 
        vanguardista (recordemos el anlisis de Panofsky sobre la perspectiva, 
        con su recurso al arcasmo tpico de la vanguardia) y catolicismo 
        militante, la representacin perspectvica inaugura la transformacin 
        del hecho urbano en concepto de ciudad, de modo tal que se sustituye la 
        realidad con su imagen planimtrica. Imagen que antes estaba reservada 
        al ojo de Dios y a la que cualquier visitante del World Trade Center 
        (escriba De Certeau cuando todava las torres estaban en pie, lo que 
        nos remite de paso a la fragilidad de aquello que pareca el colmo de la 
        solidez) puede acceder, para obtener el placer de dominar la metrpoli, 
        el ms desemesurado de los textos humanos. Como se sabe, con esa 
        escena magistralmente narrada comenzaba De Certeau uno de sus captulos 
        ms famosos, y no se puede evitar recordar la escena culminante de El 
        tercer hombre, cuando el criminal que encarnaba Orson Welles explica su 
        desprecio por los simples mortales desde la visin que le posibilita lo 
        alto de la Vuelta al mundo del Prater de Viena. Porque tambin De 
        Certeau suba entonces los 110 pisos del Wold Trade Center para 
        mostrarnos lo inhumano de esa voluntad de dominio por la abstraccin y 
        el concepto que encarna la racionalidad urbanstica. El ojo de Dios es 
        el ojo del Poder, y desde la torre toda ciudad es un panptico. Pero, 
        curiosamente, a partir de all De Certeau nos muestra que slo se trata 
        de romper el hechizo bajando de la torre para reencontrarse en el nivel 
        del suelo con los practicantes ordinarios de la ciudad, los caminantes, 
        y participar del mltiple texto urbano que ellos escriben sin poder ver, 
        para redescubrir que, bajo los discursos que los ideologizan, proliferan 
        los ardides y las tcticas, los procedimientos multiformes, 
        resistentes, astutos, y pertinaces que escapan al control panptico en 
        una ilegitimidad proliferante. Para entenderlo, el analista debe 
        efectuar un retorno a las prcticas, liberando la enunciacin peatonal 
        de su transcripcin en un plano: reinvindicar los itinerarios, serie 
        discursiva de operaciones, frente a los mapas, asentamientos 
        totalizadores de observaciones.


              "Torres Gemelas" www.aldbourne.org.ukXul Solar, "Carta Astral". 
              www.xulsolar.org.ar

        Por su parte, Jameson narr la misma evolucin de la cartografa pero 
        para colocarse en el extremo opuesto, el del punto ms avanzado de una 
        historia del progreso cientfico, que permitir acceder a una forma 
        cultural nueva, postmoderna, una esttica de trazado de mapas 
        cognitivos, frmula que ha tenido una enorme repercusin en los 
        estudios culturales de la ciudad. Comenzaba su relato a partir del texto 
        de Kevin Lynch, La imagen de la ciudad, ese brillante intento de 
        sistematizacin operativa de las percepciones de la forma urbana, cuyo 
        riesgo de desaparicin por la alienacin metropolitana ya haba sido 
        bandera del Townscape ingls; con un fuerte apoyo en la antropologa del 
        espacio (recordemos los estudios pioneros de Edward Hall), Lynch buscaba 
        recuperar el sentido de pertenencia de los habitantes urbanos a travs 
        de una reconquista del sentido de lugar. Jameson tom de all la idea de 
        mapa cognitivo, pero advirtiendo que el mapa de Lynch todava estara en 
        el nivel precientfico de los itinerarios nuticos de los portulanos, 
        superados por la introduccin de los nuevos instrumentos tecnolgicos de 
        medicin a partir del siglo XV, que plantean no slo una cuestin de 
        precisin en la demarcacin, sino una coordenada totalmente nueva: la 
        de la relacin con la totalidad. As que el mapa cognitivo propuesto 
        por Jameson como clave de una cultura urbana postmoderna es lo contrario 
        del De Certeau: ya no un intento de recuperacin antropolgica de aquel 
        mundo que la tecnologa moderna ha desvanecido, sino una radicalizacin 
        de sus efectos. Para ello, retomaba la consigna brechtiana de arte 
        pedaggico, de modo tal que el trazado de mapas cognitivos le 
        proporcionase al sujeto individual un nuevo y ms elevado sentido del 
        lugar que ocupa en el sistema global. En un verdadero tour de force 
        terico, Jameson pasaba de Lynch a Althuser y a Lacan, y de stos a 
        Mandel, gracias a quien no slo no hay que temer por el desvanecimiento 
        del sujeto al que podra suponerse que condujo el postestructuralismo, 
        sino que se puede aspirar a un sujeto capaz de acceder a un 
        conocimiento rico y complejo sobre el sistema internacional global. De 
        hecho, Jameson admitira en un texto posterior que su nocin de mapa 
        cognitivo no fue ms que una palabra clave para conciencia de clase 
        (Jameson, 1991). As, los mapas cognitivos son el reverso utpico y, a 
        la vez, la aceptacin radical de un presente urbano en el que se han 
        desestructurado las representaciones espaciales tradicionales.
        Como se ve, a travs de la metfora cartogrfica los dos autores se unen 
        y se separan radicalmente. Y lo mismo podramos decir que ocurre en su 
        relacin con Foucault, uno de los autores ms importantes en las 
        reconsideraciones culturales de la ciudad en los ltimos veinticinco 
        aos, en el que ambos arraigan sus posiciones al mismo tiempo que 
        mantienen interpretaciones respectivamente peculiares. En efecto, ambos 
        parten del reconocimiento de la calidad heterotpica del espacio urbano 
        moderno frente a la voluntad moderna de representarlo como utopa, por 
        ponerlo en los trminos del propio Foucault (1976). Esta visin de 
        Foucault implic una transformacin clave en la concepcin de la ciudad, 
        mezcla audaz de matrices fenomenolgicas y estructuralistas con una 
        impronta de las estticas vanguardistas (en el arco variado que va del 
        dadasmo al situacionismo); por ella, la ciudad no puede ser comprendida 
        ni como un vaco, escenario de las prcticas sociales (a la manera de 
        la sociologa urbana), ni como un modelo, maqueta jerrquica del 
        pensamiento proyectual (a la manera de la urbanstica), sino como un 
        espacio heterogneo, socialmente producido por una trama de relaciones, 
        materializacin compleja de la cambiante textura de las prcticas 
        sociales. Pero as como es fcil reconocer que De Certeau y Jameson 
        parten de aqu, es muy difcil acompaarlos en sus recorridos. Si nos 
        atenemos a la figura espacial foucaultiana, en la que los caminantes no 
        deberan ser ms que lneas de fuerza de las redes panpticas del poder, 
        cmo aceptar toda la rebelda multiforme que De Certeau cree encontrar 
        en ellos? Cmo no ver en la operacin de De Certeau una recuperacin 
        populista, tras la mencin a Foucault, de una idea de poder vertical en 
        primer lugar el de la racionalidad tcnica- que cae sobre una masa 
        inmune y resistente que logra escapar, en sus prcticas cotidianas, de 
        la rgida grilla en la que se la habra tratado (intilmente) de 
        encerrar? Y cmo aceptar, en el caso de Jameson y sobre todo de 
        acuerdo a la versin ms desarrollada de la figura de mapas cognitivos 
        que realiz Soja-, la relacin no conflictiva que se propone entre la 
        nocin de espacio-poder de Foucault y la descripcin causalista de las 
        etapas del capitalismo de Mandel? (Soja, 1989). Cmo no ver all 
        reiterada con diez aos de retraso una expresin norteamericana de la 
        estacin Foucault, de acuerdo a la feliz frmula de Tern: la 
        recepcin de izquierda por la cual en los aos setenta un sector 
        intelectual en Latinoamrica crey que se poda procesar la crisis del 
        marxismo y de la poltica sin abandonar del todo a ninguno de los dos, 
        alineando sin conflicto a Marx con Foucault y generando una nueva 
        ideologa que detectaba micropoderes y panpticos por doquier (Tern, 
        1993).
        El fin del gran relato, o el gran relato del fin
        Pero los sucesivos acercamientos y alejamientos, tanto de la metfora 
        cartogrfica como de las referencias tericas, no son aqu importantes 
        para analizar la produccin especfica de Jameson o De Certau, sino para 
        tratar de entender algo ms acerca del desarrollo actual de los estudios 
        culturales urbanos. En este sentido, creo que a partir de lo expuesto se 
        pueden abrir dos cuestiones. 
        La primera es la verificacin de que los estudios culturales urbanos 
        latinoamericanos se han estado moviendo, con tanta libertad como 
        imprecisin, dentro del vasto arco que se tensa entre los dos polos 
        mencionados. Podran tratar de encontrarse ciertas constantes en la 
        lgica de la basculacin. Por ejemplo, ciertas matrices, ya 
        disciplinares, ya ideolgicas, con mayor tendencia a uno u otro polo: es 
        fcil notar una atraccin mayor hacia el polo antimoderno de los 
        estudios que provienen de la antropologa en sus versiones populistas, y 
        hacia el postmoderno, de la geografa o la sociologa en sus versiones 
        neomarxistas o neoestructuralistas. Pero son slo las tendencias de 
        base, ya que lo que predomina en la superficie como caracterstica 
        definitoria de los estudios culturales urbanos es un collage terico en 
        el que se alinean sin conflicto los autores ms diversos a travs de una 
        lgica del desplazamiento metafrico (de un nombre al otro, de una 
        categora a la otra) que le debe ms a la asociacin libre que a un 
        procedimiento argumentativo. As, no es infrecuente encontrar trabajos 
        en los que se sostienen visiones diametralmente opuestas, de modo tal 
        que por momentos los imaginarios urbanos parecen producirse en una 
        multiplicidad de territorios en los cuales cada sujeto (individual o 
        colectivo) construye formas de identidad liberadas y liberadoras y, con 
        pocos prrafos de diferencia, el espacio-poder gana una completa 
        determinacin sobre los sujetos, con lo cual los imaginarios urbanos 
        quedan redefinidos como mecanismos ideolgicos de la manipulacin. 
        Enfrentamos aqu un techo conceptual de los estudios culturales, tratado 
        a propsito de la moda Benjamin por Sarlo, en un artculo inspirador 
        de muchos de estos comentarios (Sarlo, 1995). Seguramente estaba 
        resultando extraa la ausencia de Benjamin en este recorrido por los 
        lugares comunes de nuestra ciudad cultural, el autor que ms menciones 
        debe haber recibido en los ltimos veinte aos. Por supuesto, en los 
        estudios culturales todo itinerario o relato espacial debe comenzar 
        con una remisin a la figura del flneur, o a la clebre cita de 
        Infancia berlinesa sobre la aventura de perderse en la ciudad, motivos 
        centrales en la metfora cartogrfica. El lmite terico que seala 
        Sarlo es que en estos usos de Benjamin se tiende a presentar como 
        conceptos plenos lo que debera entenderse como descubrimientos bajo la 
        forma de la imagen, la construccin narrativa o potica de lo 
        histrico, como el flneur, el coleccionista, los espejos o la moda; es 
        una confusin que lleva a intentar fijar esas nociones como categoras 
        conceptuales, con lo cual lo nico que se logra es un simulacro de 
        teora bajo la forma de un lxico que acta como contrasea, pero que 
        pierde toda la capacidad iluminadora del original. Esto podra 
        plantearse tambin acerca de la influencia de De Certeau: qu puede 
        significar retricas del andar como categora de anlisis por fuera de 
        la capacidad evocativa que tiene en los propios textos del autor? Qu 
        curso universitario de estudios culturales ensea a distinguir en este 
        tipo de textos su productividad de su escritura?

              Walter Benjamin y Michel Foucault 

        Lo cierto es que en los estudios culturales urbanos el fantasma de 
        Benjamin se pasea entre uno y otro polo, l mismo como un flneur de la 
        teora, sirviendo indistintamente para respaldar el caos vital de los 
        pasos sin rumbo o las conceptualizaciones ms globales y complejas de la 
        metrpoli capitalista (Ballent, Gorelik y Silvestri, 1993). 
        Lamentablemente, toda esta variacin no habla de que hayamos ganado una 
        nueva conciencia dialctica sobre el doble filo de la modernidad, sino 
        de que los estudios culturales urbanos son tambin manifestacin de la 
        falta de otros mapas, tericos, y elevar el vagabundeo como nica 
        instancia superadora frente a esa carencia parece haber revelado su 
        agotamiento. Es decir, tal vez los estudios culturales sobre los 
        imaginarios urbanos deban ser ledos hoy no tanto para entender la 
        ciudad y la sociedad urbanas, sino para entender cmo se est 
        produciendo nuestro propio imaginario urbano, el de la tribu global 
        acadmica.
        La segunda cuestin abierta por el anlisis de las figuras urbanas ms 
        recurridas se deriva, en verdad, de esa ltima sospecha y podra 
        formularse as: cul es el efecto sobre el conocimiento de la ciudad 
        que genera este imaginario acadmico? No hace falta afinar mucho el odo 
        para distinguir entre la variedad de temas y autores el bajo continuo de 
        un diagnstico: la conviccin (para esta versin, auspiciosa) de que la 
        ciudad ha perdido la ilusin unvoca (y autoritaria) del proyecto. La 
        celebracin de que un tipo de ciudad no existe ms. Cul es esa ciudad? 
        Ilardi la define como la ciudad residencial, esttica, productiva, 
        comunidad poltica natural habitada por las grandes clases, los grandes 
        sujetos colectivos, los grandes individuos, los grandes conflictos, los 
        grandes proyectos (Ilardi, 1990). Es la ciudad, entonces, ciudad 
        concepto: otro de los grandes relatos cados; quizs el ms grande de 
        ellos, el metarrelato por excelencia. La ciudad real, en cambio, se 
        habra quedado sin mapas: es un palimpsesto (otra figura reiterada) que 
        slo puede conocerse rasgando las capas superficiales de homogeneidad 
        social y cultural, recorriendo sus estratos de tiempos y espacios 
        heterogneos, para lo cual slo sirve atravesarla y experimentarla, 
        identificar sus relatos e itinerarios proliferantes.
        Queda impugnado el presupuesto clave de la urbanstica de que son los 
        tcnicos quienes saben qu necesita la ciudad y la sociedad urbana, 
        porque, razonablemente, deba impugnarse el presupuesto de la modernidad 
        ilustrada implcito: que los hombres sern libres cuando elijan lo que 
        es racional desear, y que el rol del tcnico (como el del poltico o el 
        intelectual) es eliminar los obstculos que le impiden a las sociedades 
        saber lo que es bueno para ellas. El impulso inicial de los estudios de 
        los imaginarios urbanos buscaba, contra aquella asercin, hacer presente 
        lo que la gente desea o siente, la multiplicidad de sus experiencias 
        frente a la ambicin reduccionista de los planificadores; el caos de la 
        ciudad real, es decir, de la ciudad vivida a travs de los imaginarios y 
        los deseos sociales, frente al orden imaginado del deseo tcnico. El 
        problema es no haber advertido cmo funciona ese mismo impulso en el 
        presente, cuando el pensamiento tcnico ya ha internalizado las crticas 
        postmodernas a su ambicin proyectual y las viene esgrimiendo como 
        argumento (a veces preocupado, muchas otras, cnico) de su impotencia 
        frente al statu quo; cuando el caos vital de la sociedad urbana legitima 
        el caos vital del mercado como nico mecanismo de transformacin de la 
        ciudad, y el motivo cultural de la diferencia y la fragmentacin 
        legitima el motivo poltico de la desigualdad y la fractura.
        De hecho, ms all de su productividad cultural, al trasladarse del 
        contexto acadmico al poltico-tcnico una nocin como la de caos no 
        puede sino funcionar como coartada: parafraseando a Koolhaas (1995), 
        deberamos decir que el nico rol de quien quiera pensar la ciudad para 
        transformarla es, aun admitiendo su carcter esencialmente catico, 
        sumarse al ejrcito de quienes intentan resistir el caos, incluso para 
        fracasar una y otra vez. La culpabilizacin de la ambicin proyectual se 
        ha transmutado en una autoindulgencia de los tcnicos por los efectos 
        sociales perversos de las polticas urbanas (o de su ausencia), y los 
        estudios culturales parecen ofrecer argumentos para ello. (La situacin 
        se est pareciendo mucho a esas escenas en que los propios criminales se 
        aplican los argumentos de la psicologa social para autopresentarse como 
        vctimas impotentes y no responsables del abuso social.) As que en la 
        depreciacin generalizada de la idea de proyecto suele asomar una 
        consistente matriz antipblica y antiintelectual: la carencia de 
        visiones unitarias del hecho urbano se convierte en certeza de que toda 
        visin pblica que respalde una intervencin global debe ser entendida 
        como ejercicio y representacin del poder; y las limitaciones del 
        pensamiento proyectual que alerta contra el deterioro urbano se 
        convierten en meras astucias de la razn en decadencia. Entonces, la 
        imposibilidad de pensar el cambio comienza a aparecer como ventaja y el 
        diagnstico se convierte en programa, porque ms que un diagnstico 
        razonado es el suelo mismo de nuestras principales creencias y de todo 
        el edificio metafrico del que se nutrieron los estudios culturales 
        urbanos. Ya no es un diagnstico que sacude el sentido comn sobre la 
        ciudad de su sopor modernista, sino un nuevo sentido comn que se 
        autorreproduce y generaliza sin ninguna posibilidad de interpelar alguna 
        realidad especfica.

              "Rua Ruini" y "Ruinas", dos obras de Xul Solar

        Lo cierto es que la funcionalidad de estos estudios a un tipo de 
        poltica urbana muy actual puede ser entendida como un sntoma de los 
        nuevos mitos que hoy circulan en las polticas municipales, con su 
        nfasis en el valor identitario de las intervenciones puntuales de vaga 
        apelacin cultural comunitaria, como si pudiera haber reparacin 
        simblica ante la ausencia pasmosa de voluntad de transformacin de la 
        metrpoli en un territorio ms democrtico y ms justo. Sobre todo, sin 
        percatarse (u ocultando) que en nuestros contextos latinoamericanos las 
        polticas puntuales de preservacin o rescate cultural derivan 
        necesariamente en la estetizacin de guetos, cuando se trata de sitios 
        fuera de los circuitos interesantes para el capital, o en producciones 
        escenogrficas para la gentrification y el consumo turstico con 
        brutales reemplazos de poblacin, cuando se trata de sitios expectantes 
        para la economa urbana. El argumento de la identidad territorial se 
        despliega hoy en multiplicidad de efectos, apareciendo como respaldo 
        tanto de la fragmentacin cultural como de las polticas de 
        descentralizacin que realizan el sentido comn democratista por el cual 
        small is beautiful, aunque su correlato suele ser el desmantelamiento de 
        los restos de las polticas pblicas de bienestar. Garca Canclini ha 
        identificado en varios trabajos la complejidad de estos procesos, 
        interrogndose acerca de los roles que en ellos pueden jugar las propias 
        categoras de anlisis; se trata de uno de los pocos estudiosos de los 
        imaginarios urbanos preocupado al mismo tiempo por la renovacin 
        conceptual y por sus efectos en el conocimiento y la transformacin de 
        las ciudades latinoamericanas: un modo de mantener vigente la tradicin 
        intelectual mencionada al comienzo, reuniendo imaginarios e imaginacin 
        en tiempos de crisis de las convicciones modernistas. 
        As, un diagnstico sobre la crisis y estallido del espacio pblico de 
        la ciudad de Mxico no puede eludir la pregunta sobre el modo de 
        valorarlo: se debe lamentar que la ciudad se quede sin mapa? Para 
        responder, Garca Canclini distingue en primer lugar entre las ciudades 
        europeas y las latinoamericanas. La imagen celebratoria que valora la 
        dispersin y la multiplicidad como fundamento de una vida ms libre 
        tiene un sentido cuando aparece en ciudades que vienen de un largo 
        perodo de planificacin que regul el crecimiento urbano y la 
        satisfaccin de las necesidades sociales bsicas, de modo tal que la 
        prdida de poder de los rdenes totalizadores puede verse como parte de 
        una lgica de descentralizacin democrtica. En cambio, en ciudades que 
        tradicionalmente padecieron crecimiento catico, caracterizadas por un 
        uso depredatorio del medio ambiente y por la existencia de masas 
        excluidas al borde de la sobrevivencia, una politica de radicalizacin 
        de la diseminacin lleva el alto riesgo de hacer explotar las tendencias 
        desintegradoras y destructivas, con el resultado de mayor autoritarismo 
        y represin. De modo tal que, en estas ciudades, una verdadera 
        democratizacin debera apostar a que se rehaga el mapa, el sentido 
        global de la sociabilidad urbana (Canclini, 1991).
        Recuperar la crtica
        No es eso lo que ha venido ocurriendo en ciudades como Buenos Aires, 
        donde en la ltima dcada gobernantes y tcnicos de diferente color 
        poltico se han especializado en hacer la mmica de los discursos de las 
        renovaciones urbanas europeas mientras favorecan por igual la formacin 
        de un paisaje completamente novedoso de fractura social y urbana 
        (Silvestri y Gorelik, 2000). As, las poticas del fragmento que en 
        Europa haban permitido reintegrar los centros tradicionales al espacio 
        urbano y ciudadano a travs de poderosas polticas pblicas, sirvieron 
        aqu (y en muchas otras ciudades de Latinoamrica) de mera coartada para 
        justificar el quiebre de la ciudad y la sociedad. La crisis de la ciudad 
        se acompa de una crisis de las ideas para pensarla, y el recorrido 
        distrado del flneur, la lectura a contrapelo de los productos de la 
        ms crasa realidad del mercado (lase el shopping, o el kitsch de los 
        pobres urbanos), la atencin a las prcticas desterritorializadas o la 
        bsqueda de identidades tribales en cada esquina, es decir, la difusin 
        de las novedosas herramientas provistas por los estudios culturales, no 
        implicaron ms una liberacin del proyecto autoritario de la 
        modernidad, sino un respaldo al destino dictado por la economa de 
        mercado como ideologa nica.
        Ver a la distancia de ms de una dcada el modo con que se aferraron a 
        esos discursos los arquitectos y urbanistas encargados de darle forma 
        urbana a esa modernizacin (arquitectos y urbanistas que, como sealaba 
        Arantes, las ms de las veces tienen orgenes progresistas), no puede 
        sino alertar sobre los roles de la reverberacin de motivos entre la 
        crtica cultural y la urbanstica; sobre la funcionalidad de categoras 
        en las que es imposible no reconocerse. Pero, adems, al margen de esa 
        funcionalidad cnica (de la cual no hay por qu responsabilizarse), debe 
        alertar la dificultad de la tradicin de los estudios culturales para 
        pensar de un modo diferente la nueva realidad, para proponer otras 
        claves de lectura, para reaccionar frente a los efectos polticos de su 
        mirada. No se puede seguir enarbolando el poder liberador de los 
        imaginarios frente al control de las intervenciones pblicas, cuando el 
        problema es que nos hemos quedado sin intervenciones pblicas; cuando el 
        nuevo modo social y urbano apuntala la proliferacin de universos 
        incomunicados a los que se les niega toda intervencin. En realidad, lo 
        que se hace evidente es que en el tema urbano un tema en que la 
        circularidad entre representacin y realidad hace imprescindible un 
        juicio poltico sobre el rol de las representaciones-, los anlisis 
        culturales tienden a seguir recorriendo sin mayores conflictos el carril 
        probado de la crtica a los parmetros modernistas de la ciudad, sin 
        advertir que el fin del ciclo expansivo de la modernidad construy 
        precisamente una ciudad no modernista, y que en el camino la cultura 
        urbana se ha quedado sin instrumentos (en principio, sin Estado) no slo 
        para intervenir en la ciudad, sino para pensarla.
        De todos modos, no querra que se entendieran estas notas como una 
        apelacin a la vuelta de un tipo de crtica constructiva; toda mi 
        formacin ideolgica y acadmica se realiz inspirado por las batallas 
        contra lo que en arquitectura y arte se llam la crtica normativa, y 
        sigo pensando que el verdadero rol del crtico no es ofrecer recetas 
        positivas. De hecho, parece ms vigente que nunca la definicin de 
        crtica (de clara inspiracin benjaminiana) que dio una vez Tafuri: la 
        tarea de la crtica es colocar al creador (el tcnico o el artista) en 
        un cuarto en el que no parece haber ni puertas ni ventanas, para 
        llenarlo de agua hasta ahogarlo. No por espritu negativo, sino para 
        que el creador descubra que el cuarto en realidad no tiene paredes ni 
        techo, es decir, que no existe ningn cuarto, y de tal manera se vea 
        obligado a inventar un nuevo espacio (Tafuri, 1983). El problema es que 
        los estudios culturales sobre los imaginarios urbanos parecen haber 
        construido no un cuarto cerrado, sino una pileta de natacin de aguas 
        calmas donde, en plena transformacin turbulenta de la ciudad, la 
        imaginacin urbana nada en su impotencia.
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              Las imgenes que ilustran este trabajo y los comentarios asociados 
              a ellas son de exclusiva responsabilidad de bifurcaciones

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        * Reproducido en el ltimo libro de Adrin: miradas sobre Buenos Aires, 
        historia cultural y crtica urbana (Editorial siglo veintiuno, 2004). 
        Una versin reducida fue previamente publicada en Revista Eure, vol. 
        XXVIII, no. 83 (mayo de 2002). Nuestros agradecimientos a Adrin Gorelik 
        y Carlos de Mattos por autorizar esta publicacin.
        ** Arquitecto y doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires. 
        Profesor Titular de la Universidad Nacional de Quilmes y subdirector de 
        la revista Punto de Vista. Adrin es becario Guggenheim 2003, y ha 
        publicado varios libros, entre los que destaca La grilla y el parque, 
        espacio pblico y cultura urbana en Buenos Aires, editado por la 
        Universidad Nacional de Quilmes. volver
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