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SOBRE EL CONCEPTO DE REFUGIO
Marc-Antoine Laugier
Essai sur l'Architecture, París, 1755
«Consideremos al hombre en su primer
origen y sin ningún auxilio; sin otra guía
que el instinto natural de sus necesidades.
Precisa un lugar de reposo. Al borde de un
tranquilo riachuelo ve un prado; su
naciente verdor complace a sus ojos, su
tierno césped lo invita; acude allí y,
blandamente tendido sobre esta alfombra
esmaltada, no se cuida sino de gozar en
paz de los dones de la naturaleza; nada le
falta y no desea nada. Pero pronto el ardor
del sol, que le quema, le obliga a buscar un
abrigo. Ve un bosque que le ofrece el
frescor de su sombra; corre a ocultarse en
su espesura, y helo de nuevo contento. Sin
embargo, mil vapores elevados al azar se
encuentran y se reúnen, espesas nubes
cubren el aire y una lluvia espantosa se
precipita como un torrente sobre este
bosque delicioso. El hombre, mal cubierto
al abrigo de sus hojas, no sabe cómo
defenderse de una humedad incómoda que
le penetra por todas partes. Aparece una
caverna y se introduce en ella,
encontrándose a resguardo. Pero nuevas
desazones le disgustan también en este
refugio. Se encuentra en tinieblas y respira
un aire malsano y se decide, por ello, a
suplir con su industria la falta de atención y
las negligencias de la naturaleza. El hombre
quiere hacerse un alojamiento que le cubra
sin sepultarlo. Algunas ramas caídas en el
bosque son los materiales propios para su
designio. Escoge cuatro de las más fuertes
y las alza perpendicularmente disponiéndolas en un cuadrado. Encima coloca otras cuatro
de través, y sobre éstas coloca otras inclinadas que se unan en punta por dos lados. Esta
especie de tejado está cubierto de hojas los bastante apretadas entre sí como para que ni
el sol ni la lluvia puedan penetrar a través de él; y he ahí al hombre ya alojado. Es cierto
que el frío y el calor le harán sentir su incomodidad en esta casa abierta por todas partes,
pero entonces llenará los espacios comprendidos entre los pilares y se encontrará
guarnecido. (...) Tal es la marcha de la simple naturaleza: es a la imitación de sus
procedimientos a lo que debe el arte su nacimiento. La pequeña cabaña rústica que acabo
de describir es el modelo sobre el cual se han imaginado todas las magnificencias de la
Arquitectura. Es acercándose, en la ejecución, a la simplicidad de este primer modelo como
se evitan los defectos esenciales y se consiguen las perfecciones verdaderas»